Roque Jesús Alaguibe y los corsos que marcaron una vida
En vísperas de una nueva noche de Carnaval, El Pueblo pide prestada la palabra de alguien histórico, no solo de Villaguay sino también de esta casa periodística: Roque Jesús Alaguibe, quien —como acostumbra— dedicó generosamente su pluma a recordar los carnavales de antes en un emotivo escrito que compartió en sus redes sociales.
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A más de seis décadas de aquellos corsos que lo tuvieron como protagonista, Roque revivió con emoción los carnavales de su niñez y juventud. Desde su casa, a pocas cuadras del corsódromo, compartió recuerdos entrañables de una época que —como él mismo dice— “me hicieron muy feliz”.
Con la humildad que lo caracteriza, comenzó su relato aclarando: “Sería atrevido de mi parte si me pusiera a opinar sobre los corsos actuales”, ya que desde hace algunos años no puede asistir por cuestiones familiares. Sin embargo, su historia lo habilita —y con creces— a hablar de carnaval. Fue protagonista de una etapa dorada de los corsos villaguayenses, cuando las murgas nacían en los barrios y el entusiasmo se multiplicaba en cada esquina.
Su vínculo con el carnaval comenzó temprano. El 1º de diciembre de 1959, con apenas 13 años, ingresó al diario El Pueblo, donde conoció al recordado director de murgas Carlos “Pato” Núñez. “Fue ahí que me invitó a participar de ‘La Vuelta de los Linyeras’, en los carnavales de 1960, y gustoso acepté”, recordó. Aquella murga de harapos no solo dejó huella en la plaza 25 de Mayo, sino que además obtuvo el primer premio.
En los años siguientes acompañó al “Pato” con “Los Nenes del Barrio de las Aguas Corrientes” y “Los Paisanitos”, viviendo jornadas que hoy describe como inolvidables. “Eran memorables los duelos entre las baterías cuando se enfrentaban”, rememora, evocando también el papel picado, las serpentinas y los juegos con agua que se extendían durante toda la celebración.
Las anécdotas pintan una postal viva de aquellos tiempos: los pomos cargados en los tachos del kiosco de Crisanto “Chueco” Segovia, los baldazos que volaban desde los altos del hotel La Sort, y los encuentros en las canillas públicas de distintos barrios. “En mi barrio se juntaban en la casa de don Agustín Martínez… y se armaba la jugada”, cuenta con una sonrisa que se adivina en cada línea.
Uno de los capítulos más entrañables de su memoria está dedicado a don Jacinto y doña Camila, padres del “Pato” Núñez. “Eran amorosos anfitriones de la muchachada”, escribió, recordando las reuniones de fin de semana, la radio valvular transmitiendo fútbol y los ensayos que comenzaban dos meses antes del carnaval.
En 1963 decidió emprender su propio camino y formó la murga “Los Hijos de Entre Ríos”. Con amigos del barrio y el apoyo incondicional de su “madre del corazón”, que confeccionaba los trajes, lograron también el primer premio. “Los versos consistían en Presentación, Crítica y Despedida, que en nuestro caso escribía yo”, detalló con orgullo.
El carnaval duraba ocho días y la entrada era gratuita. Tras cada jornada, las murgas se trasladaban a los bailes de Barrio Sud y Salud Pública, “de bote a bote”, donde la fiesta continuaba hasta la madrugada.
Roque también recodó a los numerosos villaguayenses que regresaban desde Buenos Aires para las carnestolendas. “Llenaban los trenes con grandes carteles donde informaban que venían a los corsos de Villaguay”, escribe, destacando el orgullo y la pertenencia que despertaba la celebración.
Con el paso de los años, vio transformarse la fiesta. Siempre sostuvo que el centro debía involucrarse más, y celebra que ese deseo se haya cumplido: “Desde hace unos años mi sueño se cumplió, y a la vista está lo positivo que resultó”, afirma, reconociendo la plasticidad y belleza que hoy aportan las comparsas.
Su testimonio no es solo una crónica del pasado, sino un gesto generoso hacia la memoria colectiva. “Con esta humilde nota… quiero sumar parte de mis recuerdos de los carnavales que me tocó vivir hace más de seis décadas, y que me hicieron muy feliz”, concluyó.

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