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Hace 100 años, El Pueblo comenzó a narrar la historia de su comunidad. Desde entonces, generación tras generación de trabajadores dejó algo de sí en estas páginas. Detrás de cada edición no hay un número más: hay horas -muchas veces madrugadas- de cierre, tinta en las manos y la convicción profunda de quienes creyeron, y creen, en el valor de informar.
Cuando crucé por primera vez la redacción no imaginé que terminaría formando parte de una institución con un siglo de historia, voces y sueños impresos.
Haber atravesado distintas etapas de progreso, participar en cada tarea y ser testigo del paso de la linotipo a las computadoras, constituye un broche personal que queda aferrado al alma. Es el reconocimiento a incontables horas de suplementos, ediciones especiales, diseños, diagramación y correcciones.
Ser trabajadora gráfica no solo se limita a comunicar la alegría de cada nacimiento, de encontrar la “frase justa” para cumpleaños y aniversarios, o poner palabras al consuelo en cada necrológica. Sino compartir horas con compañeros que convierten el trabajo en una experiencia más ligera, significativa y productiva, planteando ideas, compaginando y opinando. Y a lo largo de mi trayectoria, tuve (y tengo) el privilegio de trabajar con un grupo talentoso, de esmerada dedicación y mente positiva.
Como parte del equipo que hoy sostiene esta labor de comunicar, resulta inevitable mirar hacia atrás y dimensionar el camino recorrido de este medio que supo adaptarse a los cambios y crecer junto a la ciudad que lo vio nacer.
El Pueblo celebra su centenario. Y me enorgullece ser parte de su presente.
Porque ser parte de El Pueblo es, de algún modo, asumir una herencia y una responsabilidad que trascienden el tiempo.
¡Felices 100 años, diario El Pueblo!

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