Martes de Carnaval - Las Murgas de mi pueblo
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El carnaval es esa época en que la humanidad, y el poder de los de siempre, se permiten una licencia para que el Rey Momo y toda su cohorte de rienda suelta a sus locuras e impertinencias. En distintos lugares hay emergentes de la creatividad humana que despliegan un abanico multicolor de expresiones: máscaras enigmáticas en Venecia, espaldares con plumas inmensas en Brasil, pintorescos diablos por la cordillera en Jujuy.
En mi ciudad de origen, Villaguay, al centro de la provincia de Entre Ríos, fuí testigo en mi infancia de un fenómeno sui generis. Entre los juegos de agua, las mascaritas, los banderines zigzagueando las calles que se usarían para el corso, el anuncio de los clubes de los esperados bailes de carnaval, aporreaban su presencia las murgas.
No eran las murgas del pueblo de mi infancia el despliegue del canto y la denuncia de los uruguayos, o las destrezas saltimbanquis de las porteñas. Eran murgas que con el calor explotaban en cada barrio de la ciudad, ensayando desde comienzo de enero. Comenzaban a darse cita en una esquina cuando el sol se ocultaba y dejaba de agobiar.
Empezaban con “la llamada”, que eran improvisados golpes en un gran bombo y el ensayo de las primeras notas de los redoblantes. El ritmo era característico de cada barrio o agrupación. Siempre repetido año a año, con un repiqueteo monótono y cíclico. En media hora reunían a los postulantes para organizar un desfile de veinte o treinta personas bien distribuidas simétricamente, y con roles definidos. Generalmente las mujeres, los niños y algunos varones se balanceaban al comienzo de la procesión.
Al fondo se ubicaban los músicos con elementos de percusión, todos varones. En el centro era el lugar privilegiado para los que se movían más frenéticamente o para el que contaba con el prestigio de patriarca o matriarca de la organización. Los demás participantes acompañaban a ambos lados, sin importar si tenían dotes de buenos danzarines o no. Fuera de la formación, aunque como una rémora natural iban las madres noveles, que por tener que dedicarse ese año a la cría de los bebés no podían participar activamente, pero iban arrastrando cochecitos, mamaderas y a veces botellas de agua. La jauría de mascotas completaban el evento. Sus integrantes eran los habitantes de calles de tierra, que tomaban revancha en mostrarle a los de asfalto sus contorsiones y estados catárticos.Estos sospechaban que tal despliegue de destreza se debía por consumo de bebidas alcohólicas de bajo precio, y la prueba estaba en el lustroso sudor que corría en demasía por las pieles trigueñas.
El ensayo se daba generalmente en caravana por la “calle ancha” (nombre popularizado de la única avenida de la ciudad) ocupando media vía, obstaculizando el avance de eventuales conductores de vehículos. El día que comenzaban los corsos oficiales, con el inicio de una bomba de estruendo y la publicidad por altoparlantes de la distribuidora de bebidas del lugar (igual por más de una década), las murgas eran la primera en mostrarse. Para la madrugada quedaba de postre el desfile de alguna comparsa, copia de las que se veían por televisión pública de Brasil, integrados por gente usaba desodorantes, cremas y perfumes de calidad. Esas eran de muchas lentejuelas y plumas. Las murgas eran de mucha tela de tafeta, papel crepé y hasta plastillera. Ellos se bamboleaban y agitaban.
El público miraba con un dejo de desdén.Los nombres identitarios en un principio eran expresiones irónicas de la autopercepción: “Los que faltaban”, “Los amantes del Vino Tinto”. Ya para cuando los conocí imitaban un popurrí de realidades como la civilización antigua egipcia, la vida del circo, una manada de osos y hasta una legión de Carontes. Los títulos eran más poéticos como “Los Hijos del Sultán”, “Los bailarines de Saturno”. Tenían diablos vestidos integramente de rojo o negro, que con horquillas de madera y sin filo, abrían espacio en el apelmasamiento de curiosos para dar lugar al desfile.
Las comparsas en cambio tenían voluntarios que con una cuerda delimitaban los artistas del público. La última noche subían al escenario principal a cantar como monjes en la hora de recitación de salmos, denuncias al poder de turno. Luego esperaban paranoicos la decisión y premiación de los jueces después del nombramiento de la reina del carnaval. Las murgas de mi Villaguay eran esa piedra rara que hoy queda enterrada en el recuerdo de un pueblo, y que apuesto a que este no sea el único intento para que el tiempo no la sentencie al olvido.

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