Interrupciones en Japón VII
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Tokio, 1 y 2 de diciembre de 2025
Escribo estas notas un lunes, como cualquier trabajo al comenzar la semana, gracias también a la insistencia de lo cotidiano, que llega con la misma regularidad de los días. Con la diferencia de que este último mes del año lo comienzo en Japón.
Encontré por casualidad una pequeña cafetería: la Maison Landemaine, en el barrio histórico de Azabu. Lo curioso es que, volviendo en unos días, haya llegado a un lugar cuyo nombre —aunque sé que es el apellido del propietario— remite en francés a «lendemain», es decir, el día siguiente. Bref. Aquí venden como «chocolate francés» algo que es mejor que lo que se toma en la mayoría de los bares de París. Por experiencia propia, debería llamarse chocolate madrileño: se parece más, en su espesura, a lo que probé en Madrid.
Los platos, Les dépareillées, y la escritura tienen algo de doméstico que me acompaña y me hace sentir como en casa. Unos gorriones revolotean la mesa. Representan resiliencia y adaptabilidad: pueden prosperar en distintos entornos. Ya lo creo. Con ellos también llega el recuerdo de una mesa en Madrid, y cuando estaba en Madrid me recordaban a una mesa en la Ciudad Vieja de Montevideo. Tanto aquí como allá, el móvil poético de Silvia Baron Supervielle fue el móvil del viaje que me llevó a esas ciudades a proyectar la película. Los gorriones buscan una migaja de bizcocho, como estas letras buscan algo de mí. Les tiro unas migajas al cuaderno de todo lo que viví estos días, como el gorrión come una parte ínfima de toda la panadería en esta primera mañana en Tokio.
Hoy la luna entró en su último cuarto creciente. Una gota de chocolate cae sobre la hoja y hace una mancha, ya no de mate —la yerba se acabó hace varios días—. Aunque los gorriones me traen alegría, siento esta despedida tan espesa como el chocolate.
En esa espesura se mezclan los recuerdos: las miradas de las jóvenes estudiantes de Sonoko Sato en la ronda que hicimos en el aula del Kobe College luego de la segunda proyección. Todas diferentes en su entusiasmo. Algunas más conscientes que otras de la presión que depositan sobre ellas sus padres para ser «alguien» mediante el estudio, visible en frases como: «quiero ser traductora, maestra o artista». También recuerdo las risas tenues de unas señoras —jubiladas algunas— cuando escuchan a Silvia Baron Supervielle, como si entendieran por ósmosis que hay que ocuparse de las propias cosas cuando las que se nos escapan de las manos no van como uno quisiera.
Una mujer que habla italiano, mientras quien la acompaña mira el celular, me mira fijo y sonríe mientras hago una pausa en la escritura y juego con los gorriones. Otra, con rasgos asiáticos, se sienta en la mesa de al lado y, al pasar, me sonríe. Luego, en un inglés sencillo, me pregunta si soy escritor. Tardo un instante en responder. Digo que sí. No agrego nada más. Ella toma un libro y comienza a leer. Entonces aparece la curiosidad verdadera: saber qué lee, de dónde viene, qué historia la trae hasta aquí.
Toda esta descripción puede parecer banal, anticuada, innecesaria, dirán. Pero la escribo con la esperanza de anotar momentos reales. Sigo queriendo saber qué lee ahora mismo, aunque eso sería más una intromisión que una interrupción. Me gustaría saber si llega o si se está yendo, como yo, mientras el mismo gorrión que antes jugaba conmigo ahora come de las migajas que ella, a mi lado, le cede. Creo que un hombre solo, en esta gran ciudad, es una presa mucho más fácil que un gorrión.
De vuelta en el hotel, la sala de fumadores me hace recordar al baño de la Escuela 17 en Villaguay: todos fumando el cigarrillo rápido, que se iba consumiendo desparejo; la ceniza gris se alargaba hasta caer por su propio peso. Luego se volvía como si nada al patio, a la sala de curso, a la vida; igual que ahora a la habitación. Tanto aquí como allá, escondidos, con la diferencia de que aquí no hay preceptores. No obstante, volver a este cuaderno es, al fin de cuentas, como volver al aula donde todo comenzó: el cariño por la comunicación, la radio, la narración; que luego, al pasar a la universidad, se profundizó al escuchar aquella frase que todavía me acompaña: no hay mejor idea para ser dicha que la que está bien escrita.
21:39. La experiencia del baño compartido nunca la había tenido. Aquí nadie viene a ser social. No es como la cola de un baño químico en una fiesta. La gente viene a bañarse, sí, pero también a tener un momento de calma, de relajación. Es, a pesar de que nadie habla ni siquiera saluda, un momento de dejar salir tensiones del cuerpo y del interior por la boca. Si algo sale es una especie de quejido o gemido casi orgásmico. El agua a 41 grados me hizo pensar en el líquido amniótico; no lo sé, quizás por el hecho de estar viviendo una experiencia primeriza. Igualmente, la palangana llena de agua vertida sobre mi cabeza me despertó un recuerdo típico de infancia.
Es la última mañana para andar de paseo en Tokio. Sin embargo, volví al café de ayer. Intento entender por qué necesitamos repetir las acciones, los lugares. Todo eso que deviene rutina. ¿Será acaso que eso nos mantiene en un lugar seguro? ¿Será que ese lugar seguro es lo que nos sostiene en eso que llaman bienestar? ¿Será que sólo en esos lugares perdemos el miedo a la existencia, ese miedo que apenas se aplaca? No lo sé. La misma pena invade mis deseos de seguir conociendo esta ciudad, este país. Pienso en los gorriones y en que, en breve, me pondré en marcha hacia el Instituto Cervantes, como si estuviera en París, y visitaré alguna librería para encontrar autores japoneses.
12:16. Jardín del Palacio Imperial. Me pregunto si Arnaldo Calveyra pasó por aquí y habrá mirado a cada árbol como si no fueran ellos los caminantes. Me encontré, en la imaginación, con él en pasajes que inmediatamente me llevaban a Entre Ríos, para recordar al señor Jáuregui, vecino de la esquina de la casa de mi abuelo paterno, y, como en un efecto de cierre, el cuidado magnífico de su huerto. Aunque no sepa más, me repito uno de sus versos como un tótem verbal, para volver al momento presente: «El viaje lo trajimos lo mejor que se pudo».
Me detengo ante la fosa artificial, Shimo-dokanbori Moat, inquieto por saber cuántas de estas imágenes digitales, hechas con cámaras o celulares, terminarán siendo impresas. Pregunta inútil, pues la respuesta no la tendré nunca. No obstante, me ayuda a evadirme un poco de la masa de turistas y a detenerme para apreciar la belleza de este camino entre la Puerta Sakashita y la Puerta del Puente Levadizo del Norte en los Jardines Nacionales. Antes de partir, pareciera que toda la experiencia se vuelve una pregunta. Sigo detenido bajo los grandes árboles, entre las murallas, tratando de identificar los pájaros que cantan allá lejos, en lo alto, entre la copa de los árboles que voy cruzando. Ya poco queda por anotar.
Que estas notas
bajo la luna en creciente
mil años digan
de boca en boca las palabras
que me han nacido.
Nota de la redacción: con esta séptima entrega, concluye Interrupciones en Japón, la serie que durante enero y febrero compartió Mario Daniel Villagra, escrita especialmente para El Pueblo, sobre su experiencia en el país asiático durante la última parte de 2025. El diario agradece al autor por su valiosa y dedicada colaboración, que permitió a nuestros lectores acercarse, a través de la óptica de un villaguayense por el mundo, a otra cultura y modo de vida.

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