Interrupciones en Japón VI
:format(webp):quality(40)/https://diarioelpueblocdn.eleco.com.ar/media/2026/02/interrupciones_en_japon_vi.jpg)
Fujikawaguchiko, 29 y 30 de noviembre de 2025
Para apreciar el monte Fuji, el taxista me recomendó ir a las 7 de la mañana. Seguí su consejo y eso me permitió ver el amanecer del sábado. Despejado, no solamente de nubes sino también de la masa de turistas, la presencia del Fuji fue increíblemente real. Pareciera que la naturaleza brindara mensajes y la población los decodificara.
El monte Fuji está ahora, en mi vista, al horizonte. En la vida, ya quisiera ser como esa garza blanca que lo mira desde el lago, no interponerme, no molestar su belleza, o ese simple gorrioncito que revolotea en el agua en busca de algún bichito para comer. Pero no: somos, o soy, un sujeto que piensa, que siente y que ve las desigualdades, además de las bellezas. No hay que romantizar la naturaleza.
Releo los apuntes en mi cuaderno «Viajes extraordinarios», que me regalaron para un cumpleaños. Los apuntes fueron tomados en otro viaje, pero, en realidad, es el único y el mismo viaje. Lo que se debate, desde que comencé, es la cuestión del ser en él. ¿Qué hacer y quién ser? Lo que ahora se me dibuja con mayor nitidez es un cierto ideario agrario, una cuestión que tiene que ver con la naturaleza, con cómo convivir con ella siendo parte de ella. Y eso, en lugar de eximirme de responsabilidades, me brinda la chance de evolucionar en un tipo de cuidado con el mundo que habitamos y hacia uno mismo.
Responder a esas dos preguntas es poner contenido a ese vacío existencial que es causa de tantos males. Pero también ese vacío es posibilidad de virtud. En ese hueco profundo, en el medio del pecho, quisiera que crezca un camalote, una rosa, una garza, como la que contemplo ahora entre esta mesa y el Fuji. La garza vuela al sentirse movilizada en su contemplación —que nunca es pasiva, que nunca es ingenua— por las ondas del agua. Anoto este instante a las 9:08 de la mañana, vista desde el lago Kawaguchi.
Aquí las habitaciones tienen en el suelo tatamis. Donde duermo se llama «Hojas secas», como la sala donde comimos en Kobe se llamaba «Los Jazmines». Todo parece tener un nombre propio. Tendré que poner un nombre a mi casa en rue Barbès. El muchacho que cuida recomienda no ponerse perfume en la habitación, porque el tatami es tan sensible que puede impregnarse de ese olor.
El domingo, la neblina del lago Kawaguchi impidió hasta más de las 9 de la mañana ver el Fuji. Poco a poco, ante el sol y el viento, volvió a dejarse ver.
Ayudados por la niebla. Mientras la semana termina, vienen los recuerdos del lunes en la casa de Sonoko Sato: Yoko, su madre; Satoshi, su marido; Toki, su hijo, que decía «Mario Daniel» en su lengua aún tan suya, aprendiendo a hablar una que comparte con otros. Yo sentía su acento, que saltaba del japonés al español, del español al francés, del francés al inglés y del inglés al japonés, como un sendero propio que él va construyendo. Mientras, los significados de las palabras de un haiku huían de una lengua a otra, jugando, como Toki lo hacía, feliz y despierto, más tarde de lo habitual por tener visitas en su casa. Todos a la mesa: la poesía estaba servida.
Hoy le conté al Teuco Castilla por teléfono aquella anécdota y él, agradecido por todo lo que le contaba —las palabras ligadas a una estación del año, el instante como sujeto y el sentimiento como fondo—, me prometió compartir esa información con un amigo suyo que escribe haikus en Argentina. Al mismo tiempo, me sugería que le diga a Sonoko que escribiera un libro con los poemas, desde su bisabuela hasta ella. Como si la vida pasara de instante en instante, esa anécdota me recordó un apunte que escribí días atrás: Todos los árboles, por más viejos que sean, pueden ser ayudados.
Sé que este viaje por Japón se va terminando, pero persistirá en estas Interrupciones. Como persiste en mí la idea de que mis padres estarían contentos de este viaje. Ese vacío existencial que genera la ausencia física no anula la experiencia de querer compartirlo. Ellos están presentes en mis pensamientos, en mis principios. Recuerdo: «Con la verdad y el respeto se llega a todas partes», me dijeron un día. Y aquí estoy, en un café, a pocos kilómetros del Fuji, escribiendo y sintiendo una conexión profunda con todo lo vivo y con lo aparentemente muerto.
Como otro regalo, el libro de Nicolas Bouvier, Crónicas japonesas, que me acompaña en el viaje, comienza el 24 de febrero, fecha de mi nacimiento. Quizás este viaje sea una especie de renacer: volver a tener la oportunidad de mirar Latinoamérica y Europa, Argentina y Francia —en todo caso, donde nací y vivo— de otra manera.
A medida que escribo, leo los libros que voy comprando en el camino. También recorro las libretas. Escribir, ya se sabe, es reescribir, aprendiendo de las tachaduras, con el miedo de repetirme, y allí es donde se vuelve necesaria la variación. Sé que hablé ya de Bouvier, pero lo que dije es nuevo, como nueva es la siguiente descripción de dos pobladores que se distinguen por su ya citada amabilidad: el sábado a la noche pregunté al encargado del pequeño hotel dónde podía salir a tomar algo; eran las veinte horas, estaba frío y oscuro. Me dijo que todo estaba cerrado. Minutos después llegó con una cerveza de regalo. Yo le di kakis, una fruta sabrosa y naranja, que aceptó con algo de emoción. Al otro día, al mediodía, a mitad de un recorrido en bicicleta, al parar para comer, pregunté a una señora de un pequeño restaurante: «¿Cuál es su estación del año preferida?». «El invierno», me dijo, «porque las montañas están todas nevadas», agregó. Luego, tan naturalmente, me preguntó: «¿Y la suya?». Percibí su apertura en la mirada. «El otoño», dije. «¿Y por qué?». «Por los colores», contesté. «Sí, es verdad, hay muchos más colores». Al pagar, compré una canastita artesanal de mimbre, que luego rellené con florecitas caídas que junté en el Parque Oishi.
Tibia mañana,
despiertan los colores,
caras hacia el sol.

Para comentar, debés estar registradoPor favor, iniciá sesión