Interrupciones en Japón V
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Desde París, Francia
27 y 28 de noviembre de 2025
Anoche llovió y hoy los campos de arroz que veo por la ventanilla del tren están plenos de agua. Un arcoíris entre tramo y tramo nos acompaña en el camino. Aún recuerdo el gusto de la carne de vaca alimentada con manzana que comí anoche y la jugosa combinación hecha de cebolla, ajo, salsa de soja y manzana. Y nosotros, en Argentina, pensamos que tenemos la mejor carne del mundo. Pensándolo bien, cada país tiene derecho a pensar que tiene lo mejor para los suyos. Afuera está todo mojado y, en mi memoria, llueven recuerdos. Estas palabras se hacen charcos.
Kioto
Aquí hay dos templos budistas, los más conocidos: el Templo del Pabellón de Oro y el Templo del Pabellón de Plata. Este último, el Ginkaku-ji, data de entre 1460 y 1480. Mientras lo recorría, algunas ideas venían, tipo visitaciones, sin demasiado desarrollo, pensando sin pensar, y las anoté:
Al estilo de un jardinero en la base del templo, hay que juntar las hojas que caen del árbol, mismo así sabiendo que el viento hará caer otras. Que las virtudes se añejen como el musgo en la piedra. Aunque sola, la flor de un árbol se luce entre el bosque. Al igual que el agua que cae de la montaña, el movimiento hace el camino. A un viejo árbol en un jardín sagrado, la ayuda hace que no caiga del todo en su vida. A la manera del agua de la fuente, en el reflejo se distingue lo verdadero de lo falso.
Las frases llegaban como el degradé de los colores de los árboles, entre el cielo y la tierra, entre la antigüedad y la modernidad. Pero decir esto de una tarde en Kioto es decir poco. Una de las ciudades más pobladas de Japón; primera capital entre 794 y 1868, hasta que pasó a Tokio; y la única gran ciudad que no fue bombardeada por las fuerzas aéreas de Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial. Lejos de esos datos, yo estuve allí intentando sostener un equilibrio. Entre lo que permanece y lo que se transforma.
Quizás la manera más auténtica de hacer un viaje sea, en el camino donde andan todos, inventar uno propio hacia el interior. No separar sujeto y objeto, ni viaje y viajero. Como en estos textos breves donde intento integrar vivencia y reflexión. Buscar, en un templo sagrado pero en plena modernidad, el silencio entre tantos turistas. Aprender con el otoño, estación de cambios, a ser ecuánime entre verano e invierno. Mantener nuestro propio parque o jardín, aunque el templo sea de todos y nadie lo sepa de inmediato.
Takayama
Desde el mapa me llamó la atención un nombre parecido a Entre Ríos: Nagoya. De allí se toma el tren hasta Takayama, donde pasé otra tarde. No entiendo todo lo que dicen los anuncios en los parlantes de las estaciones, pero me alegra conocer algunas palabras y modos de construcción de la lengua japonesa para poder comunicarme. Doko significa «dónde», que desu es una forma equivalente a «es» o «soy», to une elementos y ka al final convierte la frase en pregunta. Pequeños recursos que, más que palabras, son gestos. Percibo que, al usarlas, la recepción es distinta. No se trata de dominar la lengua, sino de entrar sin atropellar.
Takayama está ubicada dentro de los Alpes Japoneses. Desde la estación central caminé hacia el templo budista Daigo-ji. En el trayecto se atraviesa Sanmachi Suji, el barrio histórico lleno de casas antiguas de madera; por este barrio, según entiendo, la ciudad es conocida como la pequeña Kioto. Cuenta la historia que cuando no podía contribuir con arroz a los impuestos imperiales, lo hacía con carpinteros. Trabajo en lugar de grano. Oficio en lugar de cosecha, valor de uso en lugar de valor de cambio.
De ida y vuelta al templo, la ciudad me ofreció reparo en sus canales y en los puentes sobre los ríos Miyagawa y Enako. También en un pequeño mirador detrás del Museo de Historia y Arte, a mitad de camino entre ambos cursos de agua. Desde allí la ciudad se ve para todos lados, rodeada de montañas que parecen contenerla sin oprimirla.
Kanazawa
No pude entrar al museo del teatro Noh porque estaba en preparaciones para una muestra. Pero sí entré al Kenrokuen. Jardín comenzado en 1676. Allí la pintura japonesa parece volverse paisaje real: el punto de vista elevado, como desde una colina. No es el mensaje lo que importa, sino la manera en que todo se dispone para permanecer.
El Kenrokuen es uno de los tres jardines más bellos de Japón por la combinación de amplitud, artificio y agua. Amplitud que conduce al recogimiento; artificio que preserva la antigüedad; cursos de agua que multiplican perspectivas. No es ornamento: es cuidado.
Cuando pienso que este jardín tiene más años que el Estado-nación argentino, dimensiono en su justa medida la idea del cuidado, y también la noción de perspectiva. Van juntas. Nada de esto sería posible sin trabajo humano. Naturaleza y artificio no se oponen: se acompañan. Recuerdo entonces algo escuchado a Maf cuando me hablaba de Madariaga y sus charlas sobre literatura: así como un jardín necesita rusticidad, un texto necesita algo de salvajismo. Los jardines, las naciones, los bosques de poesía —también me acuerdo del Teuco— se hacen árbol junto a árbol; los más altos protegen a los pequeños, y hasta el más grande necesita sostén. Sin trabajo no hay belleza. Y la belleza es frágil. Antes de buscarla, hay que aceptar que es momentánea, que está en movimiento. Como este tren que ya parte con destino a Tokio.
En el tren
Alterno mi vista y mi atención entre la lectura y la escritura. Henry Miller dice que la función del hombre moderno no es recordar, sino olvidar; Nicolas Bouvier lo cita, pero también advierte las diferencias entre Occidente y Oriente en el hecho de que estudiar para saber no es lo mismo que estudiar para aprender. Entonces me digo: recordar no es acumular, sino cuidar.
Escribir en tren es como andar a caballo: la lengua se mueve como un animal que uno monta e intenta domar. A medida que el tren avanza, estas palabras también lo hacen hacia una forma de verdad. Pero ninguna puede reemplazar la experiencia. Ni la palabra, ni la fotografía, ni la pintura, ni el cine equivalen al paisaje y los momentos compartidos o a solas. Y, sin embargo, algo intentan preservar.
Son las 13:50. La luna creciente ya se ve en el cielo. Del otro lado, el sol rojo me recuerda el porqué del símbolo de la bandera. Paul Valéry dice que todo comienza por una interrupción. Y así, entre una mirada y otra, el título de estos textos también se eleva: Interrupciones en Japón.

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