Interrupciones en Japón IV
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Desde París, Francia
Osaka, 24 y 25 de noviembre de 2025
Quedar en una huella con la proyección, en el marco de las celebraciones del Kobe College —una institución fundada en 1875—, me brinda una rebanada de inmortalidad. Lo digo sin estridencias, al igual que todo lo que se dice con respeto y amor a la verdad histórica. La misma que evoco al decir que el auditorio estaba lleno en esta segunda proyección.
Me concentré en los ojos y en los gestos de los presentes, aun sabiendo que no podría llegar más allá de mi propia interpretación. Una señora observaba a Silvia pasear por París a la manera de una amiga; yo la miraba sonreír a ella y veía otra película. El río que atraviesa la ciudad, en sus pupilas, ganaba profundidad: esa que se produce cuando las miradas se encuentran. Un silencio se abría entre ellas dos y ya no había vacío, sino atención. «Comencé la traducción como una compañía», dice Silvia en la película, y la señora asentía. Las sensaciones mutuas se tocaban, como el fuelle del bandoneón de fondo, y se mezclaban, del mismo modo en que Silvia Baron Supervielle lo hace con las aguas del Sena, del Atlántico y las del Río de la Plata.
La disertación también fue otra. Ya no giró en torno al cruce entre cine y literatura, sino en tratar de ubicar a Silvia Baron Supervielle en la literatura del Río de la Plata y, al mismo tiempo, en la literatura francesa. La profesora Sonoko Sato preparó una suerte de glosario con los nombres de los escritores y artistas nombrados en la película, lo cual creaba un mapa de referencia desde donde entrar y salir. Dije —o intenté decir— que el Río de la Plata, hecho de los afluentes que vienen del Uruguay y del Paraná, también integra la literatura de Entre Ríos, de donde provienen los escritores de las películas precedentes. Y que, así como las lenguas, las literaturas insisten en mezclarse, aunque puedan distinguirse.
Cité una frase que me tocó especialmente, expresada en Argentina por el autor polaco Witold Gombrowicz: «Me gustaría enviar a todos los escritores del mundo al extranjero, fuera de su propia lengua y fuera de todo ornamento y filigrana verbal, para que constaten qué queda de ellos». Decirla en una lengua que no es aquella en la que nací, en un país cuya lengua no era exactamente la que estaba hablando, produjo una especie de desgarradura. No para romper, sino para identificar las partes. Separar. Exponer. Mirar los restos. Intentar, desde ahí, un gesto de conciliación.
A la presentación me acompañaron también otros libros: no solo las crónicas japonesas de Nicolas Bouvier, para leer en el transporte, donde dice que un país no puede vivir sin ideas, sino también la «Antología de poetas latinoamericanos en Francia» y «Los mandatos de Camilo Fink». Estaban allí no solo como amuletos de la suerte de haber publicado mis propios textos, sino como compañeros discretos que traen consigo a tantos otros escritores, artistas, editores.
A media tarde, después de la proyección, entramos a un aula con la profesora Sonoko Sato. Quince estudiantes, más o menos, de distintas regiones, nos esperaban. Hicimos casi una ronda de vivencias en torno a nuestra experiencia con el francés. Algunas viajan casi dos horas para llegar al colegio, otras se alojan allí; pocas conocían Francia. Pude sentir la presión por la espera de resultados de sus padres. Las preguntas, de todos modos, no vinieron desde la expectativa, sino desde la curiosidad. Ya no me preguntaban por Silvia, sino por qué elegir el cine y la literatura, qué hago los fines de semana en París, cuáles son mis lugares preferidos, cómo percibo la cultura japonesa.
Me gustó vivir ese desplazamiento porque ellas, sin saberlo, al querer saber algo más de mí, me ayudaban también a entender algo de mí mismo. Fue recorrer, de golpe, casi ocho años en Francia. Intenté quitarle peso a las presiones, transmitirles confianza y decirles que cuando encarnamos una lengua —incluso la más propia— personificamos distintos temperamentos. No es una idea nueva, pero la recordé ahí, en ese aula: pensar en otra lengua nos permite observarnos de otra manera.
Pareciera evidente que en las películas, como en los libros, también viajan ideas; sucede algo similar con las lenguas. Ahora bien, cuando una lengua se nos impone, las ideas se filtran, como el agua. Así como las ideas, todos continuaríamos nuestro viaje. Los encuentros más profundos, muchas veces, son apenas una especie de trasbordo.
Entrando la noche, inesperadamente, Sonoko y Satoshi abrieron las puertas de su casa. Nos esperaba Yoko, la madre de Sonoko, cocinando. Durante los días de proyección había cuidado a Toki, su nieto. Con él, luego de entrar en confianza, jugamos al sumo. Me conmovió escuchar mi nombre pronunciado con el acento japonés de un niño que recién, con tres años, empieza a ver el mundo. Hubo un momento en que quise ser un niño japonés, solo para quedarme ahí y seguir creciendo.
Durante la comida hablamos de distintos temas. Pero Sonoko guardaba un tesoro para el final: contar que su afecto por la poesía era algo heredado de su abuela y de su madre, allí presente, que luego recitó dos haikus de memoria. Con ellos jugamos a traducirlos al vuelo entre el francés, el inglés y el español. Mientras tanto, Sonoko sacó un diccionario japonés que reúne las palabras ligadas a la poesía y a las estaciones. Me sorprendió —y me alegró— comprobar cómo son las mujeres quienes cuidan y transmiten estos poemas de generación en generación. Cuatro mujeres haikistas en una misma familia. Comprendí, en parte, que esa sensibilidad poética no era solo la de una profesora.
Antes de irme, ensayamos escribir un haiku. Pensamos primero uno y luego cambiamos la palabra mesa por sopa, que le daba el color otoñal que la estación pedía. Fue un gesto mínimo, pero exacto. Ahí experimenté —no solo entendí— que escribir también es saber cambiar una palabra a tiempo.
Pensé —sin decirlo del todo— que cuando en Occidente se intenta adaptar esta forma breve y profunda que es el haiku, suele olvidarse que la literatura es un hecho colectivo, que se cultiva en grupos, más allá de cuestiones técnicas: no necesita sujeto ni rima; y que, así como el tanka conserva el sentimiento, el haiku intenta atesorar el instante.
Ya en el tren: atrás queda Osaka. En el centro, los recuerdos: los momentos compartidos, los aprendizajes sobre la lengua, la cultura, los poemas, los escritores. Entre lo vivido y la idea de volver queda esa senda. Ahora, por delante, Kanazawa, en la otra punta de la isla, espera. Ahora sí, ya como un turista más. Antes me sentía entero: el que intenta hacer películas, el que escribe, el que da clases. Todo eso ya pasó. Ahora toca reinventarme en estas letras.
No soy de aquí ni soy de allá, dice la canción de Facundo Cabral, y a mí también me gusta pensar que ahora soy un poco de varios lados. Incluso que soy en estas letras y que en ellas florezco, aunque sea otoño, para luego ser fruto y semilla.
Sin embargo, soy consciente de una convicción simple: esta crónica saldrá en el diario de mi pueblo. Y eso alcanza. Alcanza para quedar en esa huella, para celebrar el mérito de haber llegado hasta aquí y para acercarme al deseo de compartir este viaje con mis hermanos, con la memoria de mis padres ya muertos, con amigos, seres queridos e incluso desconocidos. Saber que estas palabras llegarán a Villaguay sopla las velas de este viaje.
Así, lo recorrido les da vitalidad a estas palabras, y mi color local es una tela teñida de persistencia y durabilidad.
Como en casa
la sopa ya servida
da esperanza

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