Interrupciones en Japón I
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Desde París, Francia
Tokio, 3 de diciembre de 2025 – París, 4 de diciembre de 2025
7 a. m. Según Natsume Sōseki, «Tokio es un lugar tan intenso como terrible»; no sé por qué lo dice, y los tiempos en los cuales escribió esto ya han cambiado, pero ahora podría intuir que es por su intensa amabilidad y por la densidad abrumadora de personas en los lugares de sociabilidad. Su libro «El gorrión de Java» me acompaña en el equipaje de mano en este vuelo para que sea más ameno; él me muestra otra parte sobre la vida de un escritor en otros tiempos. Viajar, pienso ahora, no es desplazarse: es interrumpirse.
En la sala del aeropuerto Haneda de Tokio, como todo aquí, parece antiguo y nuevo a la vez; el diseño que antes se hacía con algún mineral ahora se hace con plástico o con algo parecido; o con madera, siempre la madera. A diferencia de otros aeropuertos en los que estuve, aún me siento en el país por las opciones que brindan las cafeterías, como si elegir qué beber fuese también una ceremonia del adiós. Todo me pareció más fácil y más amable en Japón, como si el país malacostumbrara al cuerpo a una suavidad que después cuesta abandonar.
Subo al avión, busco la fila cuarenta y siete, zona cuatro, asiento G. A mi lado derecho, sobre el pasillo, un hombre mayor, con aspecto de experimentado entrenador de sumō, de unos ciento veinte kilos, ya esperaba acomodado con paciencia, como si ese gesto fuera parte del viaje. Nada lo impacienta, me digo, mientras alguien comienza a levantarse y a dar indicaciones sobre cómo sería posible reacomodarse en distintos asientos para que algunos que viajaban juntos viajaran más juntos aún, casi pegados. Cambios que no necesitaban hacerse, esta persona los proponía.
Hasta que un miembro del personal del avión le hizo ver que todo eso complicaría las cosas a la hora del descenso de los pasajeros y que era mejor quedarnos como estábamos. Me sorprendí a mí mismo quedándome fuera de todo ese movimiento, como si el cuerpo aprendiera más rápido que la cabeza. No hay prisa, pero tampoco hay pausa: hay un ritmo compartido. Cuando el hombre se levantaba, yo me levantaba; cuando venían las azafatas, él pedía con la mano y con la cabeza, y yo también.
En un momento, al descender, sentí ganas de agradecerle por el cómodo viaje compartido, pero no me animé. Tampoco me animé a preguntarle si hacía un trasbordo o si viajaba a París, como excusa para sacarme la duda de si realmente era entrenador. Luego lo vi, después de recuperar el equipaje, fumando en un espacio reducido del aeropuerto Charles de Gaulle.
Me pregunto, quizá al vuelo e ingenuamente enjaulado como el gorrión de Sōseki, hasta qué punto el pasado imperial ha hecho de este pueblo algo así de calmo, así de disciplinadamente amable. Esa amabilidad —las reverencias del cuerpo cada vez que se saluda— parece parte de un mandato. Del imperio a la república; del autoritarismo imperial de guerra a una república tutelada. Sin experiencias socialistas, sin un «febrero», sin un «mayo», sin un «octubre», no lo sé. Hay algo de la teoría que no termina de cuajar. Un país desarrollado genera, teóricamente, todas las condiciones para una revolución. Al menos en los papeles. Así, la emancipación del hombre por el hombre deja de ser solo un objetivo histórico y se vuelve también un gesto individual cotidiano; y con esto no bajo la bandera, solo quisiera darle un soplo de aire nuevo para que siga flameante.
Tal vez por eso busco imágenes que me ayuden a pensar lo que no termino de entender. Pienso nuevamente en la película «Perfect Days», que sucede en este mismo escenario. ¿No será ese personaje el arquetipo que propone cierto ideal de ciudadano? Emancipado de su propio destino social, alguien que, entre la vida de la naturaleza y la del cosmos, articula su vida humana como un mensaje silencioso.
12 a. m. Esta es ahora otra parte de la realidad: la de llegar a París, donde resido, y volver a encontrarme con la vida dejada aquí. Pero ahora llevo los souvenirs del viaje entre presentar una película dos veces, dar dos charlas y luego quedar como turista. Es la realidad de «arar, yendo y viniendo», como dice Bashō, y de cuidarse al habitar las pausas, los proyectos, los defectos y las virtudes.
Hay algo que llaman syndrome de París, que sufren algunos turistas japoneses al llegar: un supuesto conjunto de «síntomas» del desencuentro entre expectativa y realidad, pero que no dice mucho más sobre las personas. Yo no soy un turista en Francia —al menos no todo el tiempo, ni administrativamente—, y no se trata de un diagnóstico del cuerpo social, pero sí de un cambio que resulta notorio. En Japón, aunque el ruido industrial existe —sirenas, motores, máquinas, hasta explosiones—, la gente es más silenciosa, más respetuosa del lugar del otro. Aquí, al llegar, los cuerpos se desbocan: parlantes de celulares abiertos en el transporte público (no importa con qué edad), jóvenes que gritan, que se empujan, que juegan a pelearse.
Otro contraste es la basura. En Tokio, en Kioto, en Ōishi —por dar tres ejemplos de diferente densidad poblacional—, ver a alguien tirar un papel o un cigarrillo al suelo es raro y está prohibido —incluso hay trabajo voluntario, en horario de oficina, para juntar papeles en las calles—. Aquí no: hay basureros públicos, sí, a diferencia de Japón, pero igual la basura aparece en la calle, como si el hecho de existir o no existir cestos implicara tener o no tener una responsabilidad individual sobre el bienestar colectivo.
En fin, estas notas —y otras que fui haciendo en dos cuadernos— podrían llamarse mi parte de la verdad. Por un lado, porque no renuncio a la idea de la verdad, a esa verdad a la que, como individuos, podemos aproximarnos. Una verdad siempre incompleta, siempre en borrador. Por otro, porque otras personas participan necesariamente de esta verdad histórica: de lo que viví, de lo que vine —o fui— a hacer. Las personas que fueron parte del viaje sostienen la otra mitad. A ellos les corresponde la otra parte de la verdad.
El yo, dicen, es una vergüenza según el confucianismo, todavía arraigado en Japón. Tal vez por eso esta escritura intenta correrse del centro: porque el yo, aquí, es apenas una bisagra entre mundos. Voy a invertir la cronología —ir de la última a la primera— porque volver sobre lo ya escrito es un viaje de regreso, no de ida, y así, cuando el lector entre, todo ya habrá ocurrido y se le quitará toda responsabilidad sobre lo ya perdido.
De este viaje
regresa mi yo-cuerpo
y otro yo sigue

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