Interrupciones de Japón III
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Desde París, Francia
Osaka, 22 de noviembre de 2025
Alguna vez escuché que todo viaje comienza por ser imaginado; agregaría que también es hablado, conversado, porque en este hay algo de todo eso. Reviso las hojas pasadas del cuaderno y veo más que notas, nombres, fechas. Veo un guion de una vida que rueda y se registra en partes. Ningún viaje se hace solo, aunque haya momentos en los que se viaje a solas.
Hoy es la presentación de una de las películas que hice. Recorro los papeles impresos que me ayudarán a hablar esta noche en el Instituto Francés de Kansai, antes y después de la proyección. El título de la disertación es: «Silvia Baron Supervielle: un posible diálogo entre cine y poesía», y pienso: el cine es escritura puesta en movimiento y a sonar.
Desde un principio, literatura y cine se entrecruzaron en este proyecto. La idea de hacer películas sobre escritores nació al leer las cartas de Rainer Maria Rilke, «Cartas a un joven poeta», donde sugiere entrar en uno mismo y buscar la necesidad que nos impele a escribir. De allí surgió el nombre de la serie de poetas que comencé hace ya diez años: «Su móvil, nuestro móvil». La primera fue Marta Zamarripa, una poeta de pie; luego vino Miguel Ángel Federik, el poeta descalzo; después Arnaldo Calveyra, tras sus huellas.
Y hoy, Silvia Baron Supervielle, será proyectada, luego de España, Argentina, Uruguay, Estados Unidos y Cuba, en Japón. Por eso digo que uno nunca viaja solo: porque ellos vienen conmigo o, mejor dicho, porque yo voy con ellos.
La poesía, el cine y el viaje se trenzan. Por un lado, escribí que pensamos filmar siguiendo su relato de vida, intentando traducir su obra a través de su voz, de los gestos cotidianos de una vida de escritora, en una luz familiar. Ahora, a mano, en un margen de la hoja impresa, agregué ayer que, después de pasar por el Museo de Artesanías y conocer más sobre el Arte Mingei, estas palabras cobraban otra dimensión y, en parte, parecieran justificar la decisión de la profesora Sonoko Sato en invitarme a proyectar la película para los suyos. No fue una gestión: fue una forma de hospitalidad intelectual, una manera de hacerse cargo del gesto universal y cotidiano que puede ser la poesía.
Más adelante leo que esta nueva película trajo algunas sorpresas: durante la grabación de un fragmento de «El río perdido», Silvia agregó una palabra que no existía en el texto publicado en papel: gaviota. Esa palabra, dicha frente al micrófono, cambió el texto original. Ese día comprendí que el cine también puede ayudar a reescribir la literatura.
Poco a poco, si uno viaja entero, el espacio compartido comienza a ser menos ajeno: el café de la avenida, en dirección a la estación de metro Honmachi; el chico de la hamburguesería a quien hoy saludo como a un vecino. Lo pondría como ejemplo de amabilidad: quiso ofrecerme el postre al verme ayudarlo a levantar mi plato y los tenedores sucios, cuando estaba por cerrar el local y yo era casi el último cliente. Compite con ese señor que estaba de guardia en un local de ropa de la estación Umeda y que salió de su puesto para acompañarme hasta la entrada correcta del metro que debía tomar antes de llegar al primer hotel.
Pienso en las imágenes que dejamos, y que tienen quizás más o menos efectos que las palabras. Es verdad lo que dice un maestro: cuando uno más construye un —o su— personaje, más difícil es mantenerlo. Por suerte, la literatura me enseñó que existen distintos tipos de personajes: principales, secundarios, bidimensionales, tridimensionales. El personaje del que escribe, en general, por ejemplo, tiene más imágenes sin escribir que escribiendo: cuando posa para la foto, con algún libro en la mano, en la cabeza, al lado de una biblioteca, con la mano en el mentón. En realidad, las imágenes que más existen en el imaginario colectivo son las del lector: en un banco de la plaza, en un sillón de la casa, en la mesa de un café, en un inodoro, de pie en el transporte público.
Eso implica, entonces, que la tarea de escribir no solamente es escribir. Por eso hay que ser responsable y no limitarse a alimentar el deseo de escribir: es mejor leer. Reconocer ese deseo es, ante todo, reconocerse y ser autocrítico con lo que uno va escribiendo, darse cuenta de si eso que uno esta escribiendo y quiere compartir sirve; del rigor con el saber que otros han ayudado a construir, y con que si lo que escribo a quién puede aportar en algo.
Hay una franja de tiempo entre las seis y las ocho de la mañana, aquí en Osaka, donde pareciera que el tiempo pasa lentamente, y puedo reflexionar sobre la marcha. En dos horas de Japón puedo ir y dar la vuelta al mundo: en Argentina son las dieciocho del día anterior, en Francia las veintidós. Mientras tanto, preparo el mate y voy hasta Argentina para ver el comienzo del atardecer. Paso de vuelta por Europa y veo mis plantas en el balcón, entre un sorbo y otro, hasta que, en un instante, me doy cuenta de que todo esto es más real de lo que parece. Que estas palabras no son solo tinta en un papel, sino mi manera de bendecir lo cotidiano, de trabajar con las manos esa parte artesanal que tiene que tener todo oficio para la vida: hacer hablar aquello que otros ven apenas como un decorado, siendo actores sin acciones.
Hay viajes que no avanzan: se demoran en el cuerpo. Por eso es mejor ponerse de viaje de cuerpo entero, si es posible, y no pensar en llegar como un destino, sino insistir en el tránsito, en el viaje mismo. Algo de eso me ocurre ahora. El desplazamiento ya pasó, ya está pasando —los aeropuertos, esta habitación, los horarios—, y queda una vibración, una especie de residuo que no sabe dónde acomodarse; quizá sea esa fiera que busca refugio. No es memoria ni proyecto: es una senda.
A las quince horas recibo un mensaje de Sonoko: me avisa que ya llegó, que está con Satoshi, su compañero, y que me esperan en la planta baja del hotel. Y llegan más sorpresas. Luego fuimos hasta donde sería la primera proyección. Hicimos la prueba de sonido y de imagen, y el cielo del Río de la Plata aparecía no como una revelación, sino como parte de un mismo camino. Salimos a tomar un café en el lapso que quedaba antes de la presentación y, de mi parte, sabiendo que existe una cultura de los regalos sentidos, preparé un cuadro con una fotografía de Sonoko y Silvia, tomada en Cerisy, sin saber todavía todo lo que vendría.
Poco antes de medianoche: la presentación fue sobria, casi silenciosa. Reconocí gestos, miradas, una atención que no necesitaba explicarse. Volví a ver a Sonoko: no como organizadora, sino como alguien que estaba ahí desde antes. Nos reencontramos sin decir demasiado, como si el tiempo hubiera seguido trabajando mientras no nos veíamos. A veces, volver a encontrarse no es retomar una conversación, sino confirmar que algo sigue en su macha.
Antes de llegar, había hecho el esfuerzo de no imaginar qué sucedería en las proyecciones, para que todo fuera sorpresa. Y eso ocurrió: la sorpresa de constatar que la literatura exporta imaginarios; que la película aportaba una imagen nueva de aquella zona austral de América del Sur; que, al decidir hacerme cargo de una película sobre Silvia, me colocaba, quizá sin saberlo, en una posición de defensa de su literatura, se su búsqueda estética. Pero tampoco hacía falta. En el fondo, entendí que no todo viaje viene a cumplir lo que promete; algunos vienen a desacomodar lo que uno traía preparado.
Escribir vuelve a ser una forma de medir la vida. No para ordenarla, sino para no perderla. El mundo sigue ofreciendo imágenes —cruces, objetos, gestos mínimos—, pero ya no como novedad, sino como eco. Tal vez sea eso: una interrupción después de la interrupción.
Entre hojas caídas,
destellos de París;
poemas que cruzan fronteras.
Yoko Sato

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