Interrupciones de Japón II
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Desde París, Francia
Osaka, Japón. 20–21 de noviembre de 2025
Llegado al aeropuerto internacional de Osaka, en la región de Kansai, le envío un mensaje a la profesora Sonoko Sato, con quien habíamos comenzado a planificar la subtitulación en japonés de la película sobre Silvia Baron Supervielle, que ella había visto en el Coloquio Internacional de Cerisy, en Francia, en 2024. Le explico, con la intención de verificar, que tomo el tren hasta Namba y que, desde allí, trataría de llegar hasta Hommachi, la estación más cercana al hotel.
Me responde luego que está contenta de que haya llegado bien a Japón, que había pensado pasar por el hotel esa misma tarde, pero que finalmente no podía: una estudiante había pedido una entrevista y, después, debía ir a buscar a su hijo a la guardería. Namba no quedaba tan lejos de su casa, pero no creía tener tiempo suficiente.
Me hacía ilusión verla el mismo día de llegada. Sin embargo, leí ese mensaje como una primera inmersión en la vida real de un ciudadano, no solamente de una profesora, y entendí que venía también —más allá de compartir una película y algunas charlas— a cruzarme con una vida real, o con varias vidas a la vez. Le propuse entonces encontrarnos al día siguiente, pasar por el hotel e ir juntos. Ella me respondió, con una amabilidad firme, que el evento era el sábado y que todavía estábamos a jueves. Anoté mentalmente la lección: en Japón, el calendario también educa y, en algunos momentos, nos regala algo de tiempo.
Luego de dejar la maleta, salí a caminar hasta llegar al canal Dōtonbori, donde las lanchas pasean a los turistas. Me quedé allí, mirando pasar la vida, hasta la hora de comer. Probé, sin querer, unas bolitas de arroz con un pedacito de pulpo como relleno. Después volví caminando y, al doblar en una esquina, ya entrada la noche, me encontré con una «geisha» —a las aprendices les dicen «maiko»—, una artista del movimiento, que avanzaba rápido con su estuche de shamisen, el instrumento musical japonés de tres cuerdas. El encuentro casual fue como ver la luna nueva asomarse detrás de un edificio.
De vuelta en el hotel, prendí la televisión y había sumō, como si estuvieran transmitiendo fútbol. Hice zapping y vi que la vida de allá y de aquí no se detiene. Tres horarios en mis conversaciones: Japón, Francia y Argentina. Entender lo que pueda, escribir lo que me atraviesa, soñar lo posible.
Mis primeras impresiones: el japonés es silencioso y amable y, aunque rodeados de tanta tecnología, ellos me hacen pensar que el humano nunca podrá ser reemplazado por la máquina. Intenté hablar, presentarme en japonés: —Villagra desu. Y lo tomaron con un sonrojo.
Me puse en viaje con el libro «Crónica japonesa», de Nicolas Bouvier. Algunas cosas resuenan. La diferencia es que, entre otras, él viajó más de una vez y, para mí, esta es la primera; pero creo que este viaje me seguirá por siempre y que podré volver cuantas veces necesite. Grata sorpresa abrir el libro y ver que la fecha de su primera crónica es el veinticuatro de febrero de 1964, la misma fecha de mi nacimiento, en 1987.
Por la mañana: los celulares han reemplazado a los libros, no del todo. Y yo, escribiendo a mano en una cadena de café, sintiéndome falsamente parte de una cultura mundial; no digo falsamente por mí, sino por el local climatizado, que parece ser de otro país y de otra estación del año. Mirando por la ventana, pienso que mi poema a la bicicleta tendría otro sentido aquí, porque la bicicleta no está enemistada con el hombre. Todo eso de proyectar mañana la película me lleva a pensar cómo va a reaccionar el público.
Quiero anotar el instante en que pedí mizu, agua, y me hice entender por la chica que atiende en el café. Sumimasen, kudasai: disculpe y por favor, respectivamente, dos palabras que abren cualquier conversación.
Por la tarde, de paseo por el Jardín de las Rosas de la Paz, pensé en Arnaldo Calveyra y su viaje a Japón. ¿Qué parque habrá visitado? Luego entré al Museo de Artesanía Popular de Japón, en Osaka, que se encuentra en el Parque Conmemorativo de la Exposición Mundial de 1970. El museo fue pensado para presentar la belleza del movimiento Mingei al mundo. Desde entonces, ha reunido cerámica, teñido y tejido de artesanía popular, carpintería y laca, trenzado y cestería, y celebra una exposición cada primavera y otoño.
El movimiento Mingei recupera y expone la artesanía popular del pueblo y la belleza de los objetos utilitarios cotidianos hechos a mano por artesanos anónimos, de generación en generación. Pero mi cabeza, como en esta escritura, comienza a desordenarse. Miro las pinturas «Dos bodhisattvas y los diez grandes discípulos de Shakyamuni», de Shikō Munakata, y no puedo dejar de pensar en «Las manos de la ira», de Oswaldo Guayasamín. Esto me habla de una comunicación necesaria, no solo de una generación a otra, sino entre culturas diversas.
Un mantel, una cuchara, una vasija: todo es sagrado cuando la belleza y lo divino forman parte de todos los días y no de otra vida por venir, donde el más allá es el más acá de los habitantes de la isla y de los campesinos.
En el Museo de Artesanía Popular de Japón, la señora que atendía me regaló un lápiz. Todo se recibe y todo se da con las manos hacia adelante, como en un cuenco, como una ofrenda.
Esto último me habla de la importancia de una comunicación más afectiva que efectiva, y de que, de ese modo, todo fluye casi de manera natural, aún cuando la rigidez de la lengua interfiere en esa comunicación.
Es posible que esa realidad frugal de la que habla Bouvier haya cambiado en este país, como han cambiado tantas cosas desde entonces. Pero quizá lo que no ha cambiado es el origen de muchos males: la ignorancia fundamental, el no saber a qué hemos venido a esta existencia. Y pienso que, en el fondo de ese mal, está el hecho de que la realidad humana todavía no ha aceptado la realidad del mestizaje. No aceptar, de hecho, hace más daño de lo que creemos. Aceptar esa verdad podría traer soluciones —y, en esa transición, nuevos conflictos—, pero soluciones al fin a problemas actuales como el hambre, el racismo o las guerras.
Mientras tanto, hay comunidades que van quedando por fuera de lo que hoy llaman globalización. En este punto, nada es tan originario como parece. Quizá deberíamos dejarnos atravesar por nuestra particularidad como especie: la diversidad. Ese parece ser uno de los verdaderos problemas de la época: la construcción de una sociedad capaz de respetar las singularidades y aceptar la realidad diversa.
Aquí, fotografía, shashin, quiere decir imagen-verdad: sha, «reflejar, copiar»; shin, «verdad, realidad». Una imagen que intenta decir lo verdadero. En ese sentido, la imagen del mundo que queremos construir todavía no ha sido tomada. Falta el encuadre: qué ponemos dentro y qué dejamos fuera.
Luego de, no sé… no sé… se supone que treinta horas, llegué a Osaka. Tenía pensado escribir semblanzas de las personas importantes, pero cada una de las personas que voy cruzando lo es a su manera. Así encontraría, quizá, la esencia del pueblo japonés. Pero hacía tiempo que no me pasaba esto de no tener fuerzas para escribir. Fuerzas físicas, no morales. Treinta horas: el cuerpo también llega después.
Mientras cae la yerba mate en Osaka,
Ian mira «Dragon Ball Z» en Córdoba,
Duda y Vadrían inventan un cuento en Caparica.
Abre sus alas la mariposa
que Eduardo despierta en París,
y en ese leve instante —de aquí y de allá—
algo nuestro, naciendo, seguirá,
como un hilo de tiempo que el mate no corta.

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