El Pueblo a los 100: el pasado que explica el futuro
Memoria, tecnología y audiencias: una mirada crítica sobre el camino recorrido y las decisiones que definirán al diario en las próximas décadas.
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Cuando en 2016 El Pueblo celebraba sus 90 años de vida, Martín Carneago sintetizaba en un artículo memorable el largo y azaroso proceso de transformación tecnológica que atravesó el diario desde aquel lejano 4 de febero de 1926. Su texto no solo repasaba hitos técnicos —la tipografía, los grabados, la fotografía, la informatización— sino que ponía en perspectiva algo más profundo: la capacidad de adaptación de un medio nacido en el interior del país, en una Argentina que también se transformaba de manera desigual y vertiginosa.
Diez años después, ese mismo ejercicio de memoria se vuelve inevitable. Pero ya no desde la conmemoración de una década más, sino desde el peso simbólico y real de un siglo de existencia. Cien años no son solo una cifra redonda: son generaciones de lectores, de trabajadores, de historias contadas y, sobre todo, de decisiones tomadas en contextos cambiantes, muchas veces adversos.
Las páginas de El Pueblo fueron testigo de la vida cotidiana de Villaguay y la región. Las firmas que pasaron por su redacción marcaron épocas, interpretaron conflictos, narraron alegrías y tragedias. Pero tan importante como esas plumas fueron quienes, lejos del protagonismo, hicieron posible que el diario llegara cada día a los hogares: linotipistas, impresores, correctores, diseñadores, canillitas. Un ecosistema humano que sostuvo al medio aun cuando la tecnología, la economía o la política parecían conspirar contra su continuidad.
Desde comienzos de la década del 90, con la llegada de las computadoras a las redacciones y el desplazamiento definitivo de las máquinas de escribir, comenzó a instalarse una idea que se repite cíclicamente desde entonces: la muerte del papel, el fin de los medios tradicionales, la digitalización total de la información. Aquellas predicciones tardaron años en materializarse, pero cuando lo hicieron, lo hicieron de manera contundente. Cambiaron los hábitos de consumo, las formas de producir noticias y la relación entre los medios y sus audiencias.
En los últimos diez años, ese proceso no solo se aceleró: se volvió permanente. Ya no hay etapas claras de adaptación seguidas de períodos de estabilidad. Todo es cambio. Todo es transición. Las redacciones viven en un estado casi constante de ajuste, intentando comprender qué funciona, qué queda obsoleto y qué está por venir.
En ese contexto, la irrupción de la inteligencia artificial representa uno de los mayores desafíos que haya enfrentado el periodismo. Como ocurrió antes con otras tecnologías, el primer impacto es el de la amenaza: la idea de la sustitución, de la obsolescencia, del trabajo humano reemplazado por sistemas automáticos. Pero reducir la IA a ese temor sería un error tan grande como negar su existencia.
El verdadero riesgo no es la tecnología en sí, sino la incapacidad de adaptarse críticamente a ella. El periodista que se aferre a viejos paradigmas, negando los cambios, corre el riesgo de volverse irrelevante. Pero también es cierto que las nuevas generaciones enfrentan peligros propios: la ilusión de que todo está resuelto, de que una respuesta automática reemplaza el proceso de investigación, duda y contraste que define al periodismo.
La inteligencia artificial puede acelerar procesos, pero no puede —ni debe— reemplazar el criterio. Puede ofrecer respuestas, pero no garantizar verdades. Puede facilitar el acceso a la información, pero no reemplazar la responsabilidad de editar, jerarquizar y decidir qué queda afuera. Tal vez allí esté una de las habilidades centrales del periodismo que viene: no tanto escribir más, sino saber elegir mejor.
En un ecosistema informativo dominado por algoritmos que refuerzan creencias y reducen la diversidad de miradas, el rol del medio local cobra una relevancia particular. El Pueblo no compite con la inmediatez de las grandes plataformas ni con la viralidad de las redes sociales. Compite —y debe hacerlo— desde la confianza, la cercanía y la contextualización. Desde la capacidad de explicar lo que ocurre y por qué importa en la vida concreta de su comunidad.
Mirar hacia el futuro implica también entender a las nuevas audiencias. Los estudios sobre consumo informativo en jóvenes muestran con claridad que ya no buscan “información” en abstracto. Buscan sentido, identificación, utilidad. Prefieren voces en las que confían, personas antes que marcas, experiencias antes que discursos solemnes. Exigen que quien informa sepa comunicarse, comprenderlos, dialogar con ellos.
Ese es uno de los grandes desafíos de El Pueblo rumbo al 2050: humanizar su vínculo con la audiencia sin perder rigor; adaptarse a los lenguajes digitales sin resignar profundidad; incorporar tecnología sin delegar criterio. Documentar el propio proceso, mostrar el detrás de escena, asumir que el periodismo también es una práctica humana atravesada por dudas, errores y aprendizajes.
Próximos a cumplir dos años al frente de la gestión y edición del diario, el primer objetivo fue claro: que El Pueblo no desapareciera. Que uno de los pocos medios históricos de Entre Ríos que aún permanecía en manos de la familia fundadora pudiera llegar a su centenario. No fue —ni es— un camino sencillo. Hubo decisiones difíciles, adaptaciones necesarias, cambios estructurales como la tercerización de la impresión y el desarrollo de una nueva plataforma digital en permanente evolución.
Hoy, al celebrar los 100 años de El Pueblo, no se trata solo de mirar hacia atrás con orgullo, sino de mirar hacia adelante con responsabilidad. Entender que los momentos disruptivos no son una excepción, sino parte de la identidad misma del diario desde su primer ejemplar. Seguir siendo una voz confiable en la ciudad y la provincia exige aceptar el cambio como condición permanente, sin perder de vista aquello que nos trajo hasta aquí: el compromiso con la verdad, con la comunidad y con la historia que seguimos escribiendo, día a día.

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