El carnaval de antaño: cuando Villaguay latía al ritmo de su pueblo
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En Villaguay, el carnaval no era solo una fiesta: era un latido colectivo. Mucho antes del asfalto y las luminarias modernas, la plaza sin veredas, las calles de tierra, los faroles a querosén y los gallardetes cruzando el cielo anunciaban que algo extraordinario estaba por comenzar.
El agua corría como juego y desafío; mojar y salir ileso era un arte que jóvenes y niños practicaban entre risas y escaramuzas, mientras los mayores observaban desde la distancia. Durante esos días, el pueblo entero se transformaba en escenario.
Una postal detenida antes de 1905
Una vieja fotografía anterior a 1905 captura un instante detenido en el tiempo: carricoches alineados, un sulky que se aleja, la Municipalidad y las escuelas enmarcando la escena, y la plaza sombreada por casuarinas. El corso parece casi silencioso, como si aguardara la llegada de sus bellezas más esperadas.
Al caer la tarde, máscaras sueltas, murgas y comparsas recorrían las casas amigas, mientras el desfile central encendía la noche con serpentinas, música y aplausos. El carnaval era encuentro y también identidad.
Comparsas, murgas y humor popular
Entre las agrupaciones más recordadas se encontraba la comparsa “Coral y Musical La Unión Pelotaris”, cuyos integrantes —artesanos vestidos de blanco— interpretaban valses y mazurcas que aquietaban por momentos la algarabía general.
Las murgas aportaban humor y picardía con versos sabihondos lanzados al aire, reflejando la vida cotidiana del pueblo. Y los conjuntos cómicos, como “La Carcajada”, convertían cualquier silencio en risa contagiosa, demostrando que el ingenio popular era parte esencial del festejo.
Bailes, disfraces y personajes inolvidables
Los bailes de disfraz, organizados en casas familiares y clubes sociales, daban vida a personajes que quedaron en la memoria colectiva: estudiantes travestidos con gracia, poetas burlones y hasta un loro ceremonioso que sorprendió a todos en 1910.
Era el tiempo en que el pueblo cantaba. El carnaval representaba permiso, juego y encuentro. Durante esos días, las diferencias se desdibujaban bajo las máscaras y la música.
Cada noche, entre armonías y serpentinas, Villaguay parecía agradecer en silencio esa alegría compartida que hacía del verano una memoria eterna.
Fuente consultada: “Villaguay mi pueblo”, de Justo Miranda. Recopilación de información y fotografías: Equipo del Museo y Secretaría de Turismo, Deportes y Ambiente.

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