De Domínguez al mundo Lanata: “Haber trabajado con él fue un premio”
Quince años de trabajo junto a Jorge Lanata le permitieron a Erica Olijavetzky ser testigo de su irreverencia, su visión innovadora del periodismo y su vínculo cercano con colegas y familia
Al cumplirse un año desde el fallecimiento de Jorge Lanata, una voz con acento entrerriano recuerda de primera mano a uno de los periodistas más influyentes del país: Erica Olijavetzky, nacida en Villa Domínguez, quien trabajó a su lado durante quince años.
Productora, periodista y confidente, fue testigo privilegiada de una etapa intensa, tanto profesional como personal. “Todo lo vivido estuvo muy bueno: ir de Domínguez al mundo Lanata”, grafica, en una entrevista telefónica concedida a El Pueblo desde Capital Federal. Su pasión por la comunicación y las noticias las heredó de su padre almacenero, “que compraba Clarín y El Pueblo todos los días de su vida, algo que no era muy común, porque recuerdo que los padres de mis amigas no solían leer diarios”, destaca con orgullo.
Tras formarse como periodista, comenzó a dar sus primeros pasos en medios de alcance nacional, hasta que fue convocada por Lanata para acompañarlo en numerosos proyectos de gráfica, televisión, radio -que le valió un Martín Fierro- y hasta teatro. “Me vinieron a buscar y dije que no porque había conseguido mi primer trabajo en blanco en diario Perfil, pero Luciana Geuna, que armaba el equipo, me preguntó cuánto ganaba y me consiguió un poco más”, cuenta.
Una noche antes de renunciar, le encomendaron cubrir un evento y un colega le advirtió: “No te vayas con ese gordo, te va a cagar”. Al evocar esa frase tiempo después, concluye: “Nunca me cagó. Al contrario: fue una experiencia única, de muchísimo aprendizaje”.
Vivir atravesados por el periodismo
“Con él no había horarios: lo que Jorge quería, lo quería ya. No había un ‘mañana te contesto’, por eso nos atravesaba tanto la vida”. En ese lapso de tiempo, Erica se casó, fue madre dos veces, se divorció y todo ello lo vivió a su lado, algo que transmitió a sus dos hijos.
Ambos también formaron parte de esa historia. “Lanata les puso sobrenombres: a uno le decía ‘el judío absoluto’ y al otro Salomón. Una vez, cuando Benja tenía tres años, fue al jardín y dijo que era el judío absoluto. Me llamaron para hablar de religión. ¡Era un jardín laico! Lanata, por supuesto, se mató de risa cuando se lo conté y le encantó, porque le gustaba armar lío”, recuerda.
El vínculo de Lanata con la religión también fue motivo de otra anécdota que la tuvo como testigo: “Una vez lo invitaron a ver al rabino Admor, de Malta, que le tomó la mano y le dijo: ‘Vos tenés hermanos’. Él respondió que era hijo único y, quince años después, se enteró que era adoptado y fue muy fuerte”.
Lanata y Domínguez
Aunque parezca extraño, Lanata parecía mantener una relación peculiar y a la distancia con Villa Domínguez, localidad que nunca visitó pero siempre tuvo muy presente.
“Decía que, en cada lugar al que iba, había alguien de Domínguez. Una vez, en una avant-première, quien le abrió la puerta de la sala le dijo: ‘Soy de Domínguez’. Y él le respondió: ‘¿Y a mí qué carajo me importa?’”, parafraseó Olijavetzky, dando cuenta de su irreverencia.
Hablando de teatro, brota otra vivencia inolvidable: cuando el periodista pasó de la redacción del diario Crítica de la Argentina, los sets de televisión y los estudios de radios, a la revista por los 100 años del Maipo, con la entrerriana como asistente estrella. “Él aparecía con un plumero desde las sombras y yo le tenía que hablar con un megáfono: si bien sufría un poco, porque no me formé para eso, fue algo inolvidable”, rememora.
Durante la temporada teatral, Erica organizó un viaje para que vecinos de la localidad fueran a ver la obra. “El intendente, que es el mismo que está ahora, puede dar fe: juntaron plata entre todos para el colectivo y Jorge los saludó desde el escenario”, ilustra.
Además de ello, no puede olvidar las “cargadas” de cuando ella anunciaba un viaje a su pueblo natal y él ironizaba diciendo que se iba a “divertir”, ante lo cual surgía el desafío de “llevarlo a tomar mates a la plaza para que entendiera lo que era Domínguez”.
Final y legado
Luego de una agonía de medio año, el fallecimiento de Lanata -el 30 de diciembre de 2024- significó un gran dolor para Erica, consciente de su “mala salud”, aunque tiempo atrás había dejado de trabajar con él para dar un salto hacia la comunicación política.
“Margarita, su histórica secretaria, me avisó que había tenido una falla multiorgánica y era cuestión de horas. Yo estaba en la peluquería con mi hijo más chico y me largué a llorar: el peluquero no entendía nada, entonces le expliqué que no era solamente una figura pública, sino que para nosotros era como familia”, sostiene.
También revela lo que la sorprendió del velatorio: “Siempre hablaba de la muerte y decía que no quería nada. Después cambió: no se quería morir. Me impactó que fuera a cajón cerrado, todo tan discreto. Él, que fue tan popular, tenía un círculo íntimo muy chico”.
Del legado profesional, asegura que “sin dudas fue un adelantado, que hablaba de streaming cuando nadie entendía qué era. Rompió moldes. Explicaba lo complejo con palabras simples. Te podía gustar o no, pero era auténtico. Un rockstar. Y con una cabeza que iba a otra velocidad. Hizo escuela y dejó una marca”.
“Hoy, a la distancia, me siento una privilegiada. Haber vivido todo eso, sido parte de ese equipo, conocido gente increíble y trabajado con él, fue un premio”, concluye, recordándolo como “uno de los más grandes y yo estuve junto a él”.

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